La Crisis de los 40

Versa sobre el acontecimiento de un día de sr. E
Una mañana como otra cualquiera el
sr. E. fue a tomar un café y, cuando se disponía a pagar, descubrió que
carecía de cash flow. Le pidió un par de euros a un amigo, pero éste
sufrió una grave crisis de confianza y se negó a proveer al sr. E. de
efectivo.

Al regresar a su casa, el sr. E. vio que la ropa de su
mujer había volado y, en su lugar, había un burofax. En dicho
documento, ella le informaba de que había decidido deslocalizarse. Al
parecer, llevaba meses fusionándose con un contable, y éste por fin le
había hecho una OPA digna de consideración. La oferta era inmejorable,
decía ella, y no podía defraudar a sus accionistas.

Esa mujer nunca tuvo valores, pensó el sr. E.

Pero
el hecho es que ahora el sr. E. estaba de nuevo en el mercado, así que
se compró ropa juvenil y se echó a la calle confiando en que su mala
racha sería un ciclo natural y, por tanto, pasajero. Y se afanó en su
empresa: se pateaba los bares lanzando miradas seductoras, a la espera
de que una mano invisible le devolviera la confianza perdida. Pero los
ejercicios fueron pasando y su situación no hizo sino empeorar.

El
sr. E, solo y deprimido, empezó a pasar cada vez más tiempo sentado en
el parqué de su casa, contemplando las fotografías de su pasado. De
joven él era un tipo de interés, nunca le faltó demanda. Pero de un
tiempo a esta parte, el mercado había cambiado, ya no era un producto
interesante, su imagen de marca se había devaluado y apenas tenía
presencia en unos pocos nichos de mercado por lo demás muy poco
atractivos. ¿Qué había pasado? ¿En qué momento se había invertido el
ciclo?

Una mañana, al levantarse, el sr. E. decidió retirarse del mercado con una gillete. Se abrió las venas y dejó que el flujo corriera por los cauces habituales.

Y así fue como el sr. E, que una vez fue el rey del mambo, se declaró en suspensión de vida y quedó oficialmente liquidado a las 9:00, hora local.

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